Nací de nalgas, tres minutos después que lo hiciese mi hermana gemela, el año ochenta y tres. Nací en una clínica de Barcelona, donde treinta y tres años después no pariría a mi hijo. 

A Bruno lo parí en mi casa. Pensé que nacer en el que sería su hogar, a su ritmo, sin prisa y sin presión, sería una buena manera de empezar su camino. Que el mundo te reciba en su máxima representación de la calidez humana, te habla de cómo puede ser el mundo al que llegas.

Y esto es precisamente lo que admiro del ser humano. La calidez, la pausa, el respeto, el amor, y la valentía.

Hasta donde me llega la memoria, siempre me ha gustado interpretar el mundo y pensarlo a través de la poesía. Escribo desde que se escribir, y desde entonces se me amontonan los diarios y libretas de notas en cajas que arrastro de mudanza en mudanza. Por suerte o por desgracia, según como lo mires, son ahora los archivos en carpetas y subcarpetas los que ganan espacio virtual en todos los dispositivos tecnológicos que uso.

La poesía es metáfora y es imagen. Por eso fotografío. Capturar ese momento, esa luz, esa emoción, contención o explosión, es en sí un acto poético y un aliento para mí.

La necesidad de contar el mundo en el que vivo me llevó al vídeo. Con la cámara acompaño mi curiosidad casi insaciable. He entrado en casas, en vidas e historias que me han hecho mirar y entender el mundo desde diferentes ángulos, he viajado a lugares a los que jamás hubiese llegado si no hubiese sido con una cámara en mis manos.

Mirar el mundo a través del objetivo nunca me ha distanciado de él, al contrario, lo he visto todavía más de cerca, hasta el detalle. 

Y como contadora de historias no pude hacer otra cosa que relacionarme con los programas de edición para narrar a través del montaje. 

Por la curiosidad que me viene de serie, y mi necesidad de contar el mundo, me he manejado siempre entre la dirección, la cámara y la edición, en el terreno de lo profesional.

Escribir y fotografiar es más una cuestión de oxígeno.