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RECUERDOS DE TAGANGA

Puedo recordar la luz anaranjada de los atardeceres del pacífico, los pies enterrados en la arena húmeda, la camiseta de tirantes, los cabellos encrespados por la sal, la piel del cuerpo rojiza y caliente. Si quiero puedo recordar la brisa suave y sanadora de la hora baja de la tarde y el sol poniéndose al oeste, las sombras chinas de los contraluces, las siluetas de los barcos pesqueros de Taganga, las gaviotas reposándose en los mástiles, el olor a sal, a pescado, a grasa y a gasoil. Puedo recordarlo todo, el año, el día, la hora, y el nombre de ese hombre, un tal Jaime Moscote, de vida siete décadas, tres hijos, dos vivos. Una ex mujer. Unas gafas de culo de vaso. Y un armario reventado de libros viejos releídos cincuenta mil doscientas veces:


"El día nueve de mayo del año dos mil catorce, a las cinco y media de la tarde, me senté sobre una roca en la orilla de la playa de Taganga, un lugar hermoso de la costa Colombiana. Mientras veía como el sol se escondía por los montes del Tayrona, al oeste de los puntos cardinales, un hombre de unos setenta años alzó la voz dirigiéndose a mi, que si no traía cámara de fotos para intentar representar en un instante aquello que mis ojos y todos mis sentidos presenciaban, y yo que ya traía la respuesta preparada desde casa, le dije que mi cámara la tenía entre mi alma y la memoria. Después me levanté, desenterré mis pies de la arena de la playa, me acerqué a él y me senté justo a su lado, después fueron tres horas de charla, meridianos, paralelos, equinoccios y solsticios, hasta que sin darme cuenta, a las nueve y cinco de la noche estaba yo delante de la puerta del armario de su casa contemplando todos aquellos libros llenos de historia y de polvo caribeño"


Moscote no rebasó jamás los límites de la playa de Taganga, pero se conocía el plantea como se conocía la palma de su mano.










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