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LA CANDELARIA

Volver puede ser hermoso. Hasta nostálgico. Sentirse como en casa tiene que ver con la memoria. Recuerdo la música sonando dentro del bar judío del barrio de la Candelaria, el frío de la noche de Bogotá disimulado por las cervezas y el cigarrillo compartido con el desconocido que después de ese pitillo dejaría de serlo. Entonces era Noviembre. Medio año después volvía a estar en la puerta de ese bar, escuchando tango argentino y dejando paso a bailadores con la kipáh judía en sus cabezas. Y me sentía como en casa. Esta vez fumaba sola. Cada vez es menos la gente que fuma. Dicen que ya no está de moda. Yo debo ser anticuada; fumo, bebo agua con gas, me gusta la ropa vieja, los muebles antiguos, conversar, tomar café, me gustan las rosas en abril, y los hombres que prestan sus chaquetas a las mujeres que sienten frío. Era la segunda vez en mi vida que estaba en ese bar. Es uno de esos lugares en los que uno siente que en él vivió otra vida, que se la pasó tomando en esa barra, bailando en esa pista, y besándose con algún hombre en un rincón de la sala. Algo parecido me sucede en las calles de la Candelaria. Podría estar toda mi vida paseándome por las calles de adoquines, enmarcadas de casas coloniales, vendedores ambulantes, gaminos, estudiantes, viajeros, artesanos, lugareños, teatros, bares, quioscos y perros moribundos. Subiendo y bajando, toda la vida. Como si en otra vida no hubiese hecho otra cosa que eso. Como quien se pasa la vida cosiendo botones y un día, al hacerse mayor, pierde la vista, y sigue cosiendo botones a oscuras hasta el final de sus días.

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